Tres experiencias para impulsar las tradiciones leonesas en la residencia Territorios Productivos
Tecnología y tradición se consideran muchas veces conceptos opuestos. Una representa el cambio constante mientras que el otro preserva las costumbres y el legado del pasado. Pero, ¿qué pasa si combinamos ambos? ¿Pueden potenciarse uno a otro? Durante cinco días en el mes de julio exploramos cómo pueden convivir y crecer estos dos mundos en la Residencia Territorios Productivos, una iniciativa junto a Fab Lab Barcelona que pone el foco en el territorio y en la relaciones intergeneracionales activando procesos creativos vinculados a la memoria y la identidad. En la residencia que celebramos en Fab Lab León participaron tres personas seleccionadas entre las que presentaron sus propuestas relacionadas con la identidad y la cultura del territorio leonés.

María. Un traje tradicional al alcance de cualquiera
A María, maestra y metida en el mundo tradicional desde que empezó a bailar siendo bien pequeña, le preocupaba mucho ese maridaje. No quería ofender a sus compañeros, fallarles de alguna manera. Explorar con la tecnología le hizo reflexionar, sin embargo, sobre cómo hay herramientas que pueden facilitar mucho el acercar la tradición a la gente y, de paso, democratizar el acceso para que todo el mundo participe de la tradición, independientemente de sus posibilidades económicas. “Se pueden hacer cosas muy dignas y con mucha rigor histórico sin necesidad de gastarse una grandísima cantidad de dinero”, explica María.
El proyecto de María consistía en aplicar herramientas tecnológicas a la producción del traje tradicional leonés, así que pasó los cinco días investigando distintos diseños y técnicas para elaborar prototipos en versión mini para unas marionetas. Trabajó la sublimación para hacer estampados en mantones, probó resultados sobre diferentes tejidos, exploró el bordado digital, elaboró unas madreñas con impresión 3D modificando el diseño de unos zuecos holandeses, hizo las medallas de una collarada de una Cruz de Caravaca y diseñó de cero un Cristo de Espiguete. Todo esto lo consiguió a golpe de ensayo y error y con muchas horas de trabajo tanto en el laboratorio como en casa. “Cuando te sale algo es una emoción tremenda, una gran satisfacción. Y una vez que tienes un diseño ya puedes usarlo siempre a la escala que desees”, comenta.
“Se nos hizo corto para todo lo que queríamos hacer porque cuando estás allí quieres darle uso a todas las máquinas y sacarles el máximo provecho posible”, reconoce. Aunque la residencia ha finalizado, María continúa investigando y aplicando lo aprendido. Además, trabaja en una segunda parte de su proyecto consistente en recoger testimonios orales para completar esa parte del diálogo intergeneracional que tenía la residencia. “Ya la indumentaria tradicional bebe de ese paso de generación tras generación pero quería darle una vuelta más y recoger testimonios de personas vinculadas a la tradición en los que cuenten en qué situaciones se ponían determinadas prendas o para qué se utiliza cada prenda”, explica.

El proyecto de María consistía en aplicar herramientas tecnológicas a la producción del traje tradicional leonés, así que pasó los cinco días investigando distintos diseños y técnicas para elaborar prototipos en versión mini para unas marionetas. Trabajó la sublimación para hacer estampados en mantones, probó resultados sobre diferentes tejidos, exploró el bordado digital, elaboró unas madreñas con impresión 3D modificando el diseño de unos zuecos holandeses, hizo las medallas de una collarada de una Cruz de Caravaca y diseñó de cero un Cristo de Espiguete. Todo esto lo consiguió a golpe de ensayo y error y con muchas horas de trabajo tanto en el laboratorio como en casa. “Cuando te sale algo es una emoción tremenda, una gran satisfacción. Y una vez que tienes un diseño ya puedes usarlo siempre a la escala que desees”, comenta.
“Se nos hizo corto para todo lo que queríamos hacer porque cuando estás allí quieres darle uso a todas las máquinas y sacarles el máximo provecho posible”, reconoce. Aunque la residencia ha finalizado, María continúa investigando y aplicando lo aprendido. Además, trabaja en una segunda parte de su proyecto consistente en recoger testimonios orales para completar esa parte del diálogo intergeneracional que tenía la residencia. “Ya la indumentaria tradicional bebe de ese paso de generación tras generación pero quería darle una vuelta más y recoger testimonios de personas vinculadas a la tradición en los que cuenten en qué situaciones se ponían determinadas prendas o para qué se utiliza cada prenda”, explica.

Pablo. Una máscara para un nuevo Antruejo
Pablo se enteró de la residencia por casualidad. Llevaba tiempo queriendo visitar Fab Lab León y lo hizo una tarde de junio. Estaba allí Nuria y le comentó que podía presentarse, así que lo hizo con un proyecto basado en el antruejo. Pablo es recién titulado en Diseño de Producto así que los laboratorios de fabricación digital no le son ajenos, aunque asegura que aprendió muchas cosas nuevas. “Una cosa es tener el conocimiento básico y otra la práctica. Al enfrentarte a un proyecto con esas máquinas, siempre aprendes cosas nuevas y recuerdas otras”, asegura.

Su proyecto consistió en desarrollar una máscara del antruejo leonés. Él es de Crémenes y, salvo la conexión emocional con el lugar, reconoce que estaba muy desvinculado con lo tradicional, así que antes de empezar estuvo investigando. Fue hasta Riaño y allí pudo hablar con artesanos para entender mejor cómo surgió el antruejo, cómo se fue desarrollando o cómo se hacen las máscaras para poder elaborar la suya propia. Para ello creó un personaje: la oveja trashumante. La idea era que esta oveja no sirviera únicamente para cubrir el rostro sino también para hablar de algunos temas como la despoblación, los incendios u otros aspectos que importan en el mundo rural.
En Fab Lab León descubrió la posibilidad de crear vinilos hinchables, así que investigó para hacer una máscara inflable. También utilizó una tricotosa tradicional hackeada para hacer patrones digitales y texto con los que transmitir sus mensajes. Como siempre suele trabajar con materiales contextualizados, quiso hacerlo en esta ocasión con lana de oveja leonesa trashumante. Para ello contó con Alberto Díaz, del proyecto Made in Slow, quien le explicó todo el proceso. Con lana de aquí y de allí, con residuos de un pastor, con la de compañeros o con la que le iban dando diferentes personas fue acumulando una buena cantidad. “Esta residencia nos la hemos tomado como una experimentación para probar varias técnicas con las que poder seguir trabajando porque aunque la residencia terminó, el proceso será más largo”, explica.

Al preguntarle sobre cómo ha vivido él esa relación entre tecnología y tradición, reconoce que entraña contradicciones, pero encuentra la mejor respuesta en la propia residencia, en la que estuvieron conviviendo tres personas muy diferentes: “Yo era el que tenía más contacto con el mundo digital, pero el que más desconectado estaba de la tradición y de la artesanía, así que Ana me explicaba cómo remendar la lana y yo la ayudaba a ella con el Arduino cuando se liaba, por ejemplo. Creo que este es el mejor ejemplo de esa relación, de cómo surge ese diálogo y cómo día a día se aprende”.
Ana. La Vieja del Monte que cuenta su historia
El Arduino con el que se tenía que pelear Ana formaba parte de su proyecto para poner voz a un personaje de la mitología leonesa, en concreto para la Vieja del Monte. Ella misma se define como cuentadora y asegura que con sus cuentos consigue que niños y adultos conecten.

Ella elabora muñecos de personajes mitológicos leoneses así que quiso utilizar la tecnología para darles un poco más de vida. En el interior de la Vieja del Monte instaló un circuito integrado que se activa con un interruptor oculto en la bolsa de pan. Al activarlo, la Vieja cuenta su historia. Además, con la cortadora láser elaboró un mapa de la provincia al que añadió hilo conductor y otros componentes electrónicos.
Ana había hecho un curso de makers en colaboración con la Uned y con la Ciuden en Ponferrada y en cuanto se enteró de la residencia quiso participar. “Está dentro de mi ansia cultural saber un poco más. Cuando llegué a Fab Lab León quería hacerlo todo, vas viendo lo que hay y lo que hacen tus compañeros y todo lo quería hacer, pero claro, se me hizo corto porque yo quería inmediatez, pero es cierto que esto ha sido una mecha prendida para seguir trabajando”, asegura.

Considera Ana que combinar tradición y tecnología puede lograr atraer la atención de personas menos interesadas en la tradición, como los adolescentes. Cree que se puede continuar su proyecto integrando circuitos en otros elementos como un pendón que cuente su historia, explique sus colores, su misión, etc. “Creo que la tradición y la tecnología se tienen que combinar, yo no soy partidaria de límites y fronteras. Este tiempo sin tecnología e innovación no es nada”, añade.
